ESPAÑA – DAKAR 2020 – 3º Capítulo

ESPAÑA – DAKAR 2020 – 3º Capítulo

 

Desde que el francés Thierry Sabine puso de moda el Rally París-Dakar, cualquier cosa que lleve el nombre de la caótica, bulliciosa y sucia capital de Senegal suena a reto, intriga y aventura. No por ser un mito deja de ser cierto, y en Organizados.net decidimos vivir la aventura y llevar a cabo el España–Dakar 2020.

Por Keko Ochoa

 

                                                                          3ª  Entrega

 

24/02/2020

La magnífica cena de ayer en el restaurante que mira a la bahía de Dajla nos reconfortó de las calamidades que sufrimos durante gran parte de la jornada anterior. En el mismo escenario, pero hoy con el desayuno sobre la mesa, Antonio está algo decepcionado. Ayer, finalmente no consiguieron reparar la llanta, y es que, a parte del bollo también tiene una fisura interior muy fea. Anoche David y Antonio hicieron otra intentona buscando algún taller en la ciudad, pero fue en balde. Ni talleres donde arreglar la llanta, ni vestigio alguno de Villa Cisneros, la otrora ciudad española fundada en 1884 bajo el mandato de Cánovas del Castillo por el militar nacido en Zaragoza, Emilio Bonelli. Tras la marcha de los españoles en 1975 la ciudad formó parte de Mauritania hasta el 79, pero posteriormente fue invadida por los marroquíes que se encargaron de eliminar cualquier rastro de presencia española, a excepción de una iglesia, el faro y un pequeño torreón, en la que fue capital de Río de Oro. Hace relativamente poco tiempo, en 2005, se produjeron fuertes altercados entre manifestantes a favor del Frente Polisario y la policía marroquí. Como veis, si llegamos a hacer este viaje unos años antes no nos hubiese hecho falta, ni el pasaporte, ni aprender francés. Bueno la lengua de Proust todavía la tenemos que trabajar un poquito más.

Volvemos a la mesa del desayuno donde aprovechamos para tomar otro expreso, ya que no tenemos ninguna prisa. Hoy solo tenemos 261 km hasta Bir Gandouz y ya decidimos ayer apurar al máximo nuestra estancia en el Club Dajhla, pues nos toca hacer noche en el hotel más cutre de todo el viaje, pero eso os lo contamos más adelante. Saboreando el café en la terraza con unas bonitas vistas, notamos que empieza a levantarse algo de viento y para cuando lo hemos acabado ya sopla con fuerza de nuevo. Cambio de planes, todos a las motos. Esperamos a Perita que se ha acercado al centro a cambiar los Conti Trail Attack por unos TKC80 de tacos que llevamos en la furgo. Está como loco sacar la Africa Twin del asfalto y hacer un poco el cabra, aunque quizá hoy no vaya a ser el día más adecuado. Para cuando nos ponemos en marcha la tormenta de arena ha vuelto a despertar, pareciese como si nos hubiera estado esperando, dispuesta a no darnos tregua ni un minuto. Al menos tenemos el consuelo de que hoy la etapa es relativamente corta. La verdad es que en estas condiciones no se va nada mal en la Furgo, ¿verdad Antonio? ¿Qué os vamos a contar de la etapa de hoy?

Pues más de lo mismo, arena, viento, poca visibilidad y más arena colándose por cualquier resquicio para complicar aún más la conducción. Sufriéndola en los ojos, masticándola si se te ocurre abrir la boca, y tupiendo las fosas nasales que hacen de filtro de aire hacia tus pulmones. Parada obligada para hacernos una foto en el cartel que marca el Trópico de Cáncer y ya estamos en el Barbas, el famoso “hotel” de carretera, último lugar donde dormir bajo techo antes de la frontera con Mauritania. A decir verdad, el sitio es, cuando menos, curioso. Un jardín, cubierto en toda su extensión por una red, hace las veces de hall, vestíbulo, recepción y restaurante, aunque esto de restaurante es mucho decir. Unas mesas repartidas aquí y allá con sillas de plástico viejas y sucias son todo el mobiliario por el que pasean a su alrededor un montón de gatos a la espera de que les caiga algo de comida. Las habitaciones están en consonancia con el resto, pero hay que reconocer que hemos hecho guardias en peores garitas. Sin ir más lejos, el hotel de Nueva Dehli en nuestro viaje de prospección a la India y que hemos tachado de la lista para próximos viajes. Lo bueno del Barbas es que nos han dejado meter las motos dentro del jardín y ahí hemos improvisado un taller de urgencia para las motos, que necesitaban una limpieza de filtros urgente. Sin exagerar habrán salido unos 250 gr de arena de cada uno de los filtros de aire, os lo juro. Vamos que con la arena de todos hemos montado una duna en medio del jardín.

En el Barbas hay poco que hacer, el wifi va a pedales y el restaurante, por llamarlo se alguna manera, está acorde con el entorno. Vamos, que es bastante malo. A grandes males, grandes remedios. Sacamos de la furgoneta el jamón ibérico, lomo y demás viandas españolas junto con unas botellas de Ribera del Duero y ya está montada una cena que no se la salta un gitano. En la sobremesa comentamos la jugada de mañana, en donde nos espera la temida frontera con Mauritania. Digo temida por dos motivos: el primero es el tiempo, ya vamos avisados de que podemos tardar desde una hora, hasta cuatro, cinco, seis… y el segundo es el dinero, los grupos de turistas en moto al llegar a la frontera somos como un grupo de focas nadando en mitad del océano para una jauría de tiburones hambrientos, en este caso son los buscavidas locales quienes huelen la sangre desde kilómetros. Nos vamos a la cama. Mañana será otro día largo con 553 Km por delante hasta Nouakchot y lo que realmente nos preocupa, más que la frontera, es la puñetera tormenta de arena que sigue sin darnos tregua.

25/02/2020

Antes de la salida del sol ya estamos todos intentando desayunar, algunos dan cuenta de unas tortillas francesas y otros de la típica tostada con mantequilla, con pan marroquí eso sí. Yo me conformo con un par de expresos, al menos el café es aceptable. Nos ponemos en marcha. Cubrimos los 60 Km que nos separan de la frontera y cuando llegamos hay un montón de camiones. En principio paramos con la furgo detrás de ellos, pero enseguida alguien nos hace señas para que avancemos saltándonos lo que era una fila interminable de camiones.

Nuestro amigo y viajero Pedro Palomo nos ha pasado el contacto de Hamida, un buscavidas de confianza que nos va a ayudar a hacer todos los trámites de aduanas y que se encarga de “defender su manada de focas” del resto de tiburones. Pese a su ayuda, estamos tardando mucho, mucho tiempo. Solo salir de Marruecos nos ha costado lo suyo. El trámite de las motos ha sido tedioso y lo de la furgoneta casi desesperante, después de chequear y verificar toda la documentación hemos tenido que ponernos detrás de una fila de camiones que iban pasando, uno a uno, a una nave donde se encuentra el camión escáner de la policía. Después, a esperar se ha dicho. A la media hora nos dan los papeles y tenemos que volver a la garita inicial para volver a sellarlos y cuando ya por fin, parece que vamos a salir, otro policía en una mini garita tiene que anotar todo a mano en un libro de registro.

En tierra de nadie

Ahora sí, ya estamos fuera de Marruecos, ¿en dónde? En tierra de nadie. Un par de kilómetros separan la frontera marroquí de la mauritana y en ese espacio huérfano de patria parece ser que nadie tiene competencia. Así está, lleno de basura y coches desguazados por todas partes. No hay un camino delimitado entre un punto y el otro, así que vamos tras los pasos de Hamida que va abriendo camino con su desvencijado Mercedes. Sorteando los restos de lo que fueron coches en su día, nos topamos con zonas de arena y en una de ellas se queda atascada la Furgo. Enseguida paramos a un 4×4 de unos abuelos franceses, quienes muy amablemente nos echan literalmente un cable y nos sacan del atolladero. Todavía en tierra de nadie, unos metros antes de pasar a tierras mauritanas, tenemos que pasar un control médico de temperatura, ¿sabéis por qué? ¡Por el Coronavirus! Mucho antes de que en España se tomase ningún tipo de medida y digo ninguno, en Mauritania, uno de los países con la renta per cápita más baja del mundo, ya había instaurado controles en sus fronteras. Ahí lo dejo. Nada más pasar la barrera que delimita el espacio mauritano aparcamos los vehículos donde nos indican y comienza de nuevo el papeleo. Aquí tenemos que hacer varias cosas y todas de igual importancia, pues si te falta alguna no puedes continuar. Necesitamos el visado para entrar en el país. Todos, pasaporte en mano, pasamos a un pequeño patio interior donde ya hay otros turistas haciendo cola ante una cochambrosa puerta metálica. De vez en cuando viene alguien que parece militar, aporrea la puerta que abren desde dentro, pasa, y al rato vuelve a salir. El tiempo transcurre lentamente y aquello no se mueve, así que aprovechamos para comprar tarjetas de datos y cambiar moneda a los buscavidas que no paran de merodear a nuestro alrededor como abejas en panal. Finalmente se abre la puerta y pasamos, pero solo la mitad del grupo. Ahora entendemos el por qué de la situación. Dentro de la habitación de unos 16 metros cuadrados hay dos mesas de trabajo repletas de papeles y solo tras una de ellas, una persona trabajando detrás de un ordenador. Frente a la mesa del policía una silla aloja al afortunado de turno que saldrá de allí, previo pago de 55€, con la visa estampada en su pasaporte. El proceso es lento, casi desesperante. Y el caso es que el poli no deja de teclear en el pc los datos de la persona que tiene sentada delante, que si ahora escanea el pasaporte, que si ahora toma distintas fotos con la cámara, que si dónde vas, de dónde vienes… y el resto, porque en ese cubículo estamos más de 8 personas, sentados, al menos, en unas sillas que apoyan contra la pared esperando el turno de la salvación. Los 55€ por barba es el precio que cuesta el visado de 30 días y prueba de ello son las hojas oficiales, que he visto con mis propios ojos, donde quedan patentes las cantidades abonadas a modo de registro. Aun así, el gesto de alegría del policía que tramita nuestras 9 visas al entregarle los 495€, me hace sospechar. Me da la mano mirándome a los ojos, con una sonrisa de gratitud tan amplia que parece que el dinero es para él y que nos está timando. Pero no, después de un par de horas ya teníamos nuestros respectivos visados, claro que ahora quedan los carnets de passage y los seguros. Hamida se encarga de los trámites y después de otra hora larga parece que, por fin, podemos poner rumbo a Nouakchot, previo pago de más y más dinero. Son las 2 de la tarde cuando dejamos atrás la frontera y tenemos 490 Km de viento y arena por delante. Sobre las cuatro de la tarde paramos en una gasolinera, que como ya sabíamos no tiene gasolina, pero sí tiene bebidas y algo de comer. Aprovechamos para llenar los depósitos de las motos que menos autonomía tienen con los más de cien litros que llevamos en la Furgo y nos ponemos de nuevo en marcha.

La historia se repite. El fuerte viento y la arena siguen poniéndonos a prueba, azotándonos una y otra vez de forma incesante. De vez en cuando parece que se vislumbra un ligero cambio, la espesa niebla de polvo se aclara ligeramente permitiéndonos atisbar el horizonte, un horizonte efímero que rápidamente desparece y nos hace volver a apretar los dientes. En la ruta teníamos planeada una excursión por la playa unos 50 km antes de llegar a Nouakchot. El viento ha amainado y ya no arrastra tanta arena, pero en contra ya está atardeciendo. Perita está como loco por meter la África en la playa, así que le indicamos el desvío que tiene que tomar para llegar hasta ella, advirtiéndole del peligro que corre al quedarse solo y sin el vehículo de apoyo. Esta vez la mala suerte se pone de nuestro lado, me explico. Nada más arrancar el resto del grupo para continuar la marcha, a Perita se le para la moto cuando apenas ha recorrido medio kilómetro del camino que va a la playa. Intenta avisarnos por el móvil, pero no hay cobertura. Nosotros atacamos los escasos kilómetros que nos separan de nuestro destino y cuando hemos recorrido unos 30 Km, la Furgo recibe un Whatsapp de Perita: “la moto a chapao en la entrada toy donde mas dejado”. Antonio, el copi, y yo nos preguntamos qué significa eso. No lo sabemos exactamente, pero damos la vuelta en su busca. Menos mal que se le ha parado la moto al lado de la carretera, si le llega a pasar unos minutos más tarde en la playa, se queda allí a dormir. Al final era un falso contacto en la pata de cabra que desconecta el arranque. El grueso del grupo ya está en el Hotel La Medina Restaurant y la furgo no tarda en llegar con Perita a la zaga.

Aquí tenemos un par de anécdotas curiosas que no podemos dejar de contar, pero tendrá que ser en la siguiente entrega pues, de nuevo, se nos acaba el espacio. No os perdáis la visita al médico con el primer enfermo de Covid19, ¿verdad Josete? Y la huida a media noche que protagonizó Perita del hotel clandestino donde decidió pasar la noche.

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